Propiedad


Josué Vergara Alarcón

Frío.

Eso es lo que le correspondía por meterse en lo que no le concernía, diablo de persona. Le mencionó que se marcharía a las tres de la tarde o quizá si le apetecía probablemente se decidiría hasta las ocho de la noche a esperar que la luna aterrizara entre las sombras mientras emigraba de un lado a otro sin motivo de volver, en donde quedarse no era opción y recordar algo, a alguien… lo era aún menos.

Y así se sentía, dios de todos y lacayo de nadie, pues esperaba que los únicos substituidos fueran el lápiz y el papel de aquellos trazos que por costumbre dejaba a la deriva en cada uno de sus paseos por la plaza, pensando que en algún momento sería revelado y por fin probaría que todos estaban equivocados sobre quién era aquel sombrerudo reacio que se negaba a trabajar para alguien razonando que así protegía la reputación de su formación.

Prevía un futuro brillante cuyo significado permanecía en la promesa de un ser humano que tomaba su llanto y lo convertía en una sonrisa al ver fallecer a su padre, como si tuviera la intención de cederle tranquilidad y confianza…

Mísero, sin amigos y con la mínima intención de obtener respuesta caritativa de su alrededor por aquella razón, se la pasó entre las sombras de su afectuoso querer cuyo cometido llegaba sin que tuviera que pasar más de tres horas revisando los periódicos día a día esperando que por fin fuese contratado. Parecía que tomaba el lugar como si supiera lo que hacía y como si lo que sea que hiciese estuviera planeado de esa forma desde hace muchos años antes, casi como una alusión a una tediosa rutina.

Jamás evitó sentirse ermitaño, avaro o impotente frente al éxito que añoraba desde su infancia y, seguramente por ello ahora da platicas en los autobuses de la ruta tres mientras pide una moneda para alimentarse procurando no llamar la atención lo suficiente como para despertar en los pasajeros una sensación de curiosidad o empatía.

Vivió los últimos años de su vida con un aroma poco habitual y con un sentimiento que trataba de ser optimista pese a su rodilla accidentada y un hambre poco soportable. Pensó en una idea incierta. ¿o no?

Pienso en él todos los días, incluso lo imagino andando en su cómoda sala mientras lleva en una mano un café tan oscuro que fácilmente se confundiría con cualquier cosa, y en la otra con la selección de lectura de aquel día, pues amaba leer. ¿o lo hace aún?

Poco tiempo después de su viaje a Cancún, recuerdo haberlo visto molesto, por alguna razón seguramente, más no creí que sería tan grave lo que ocurría en ese entonces, además de que nunca lució cansado en lo absoluto. Me lo pienso como una persona tan tranquila, de muchos conocidos y pocos amigos, con una familia que no fue la más favorable en lo que a estar unidos se refiere, mucho menos con ánimo de cambiarlo, como últimamente le ha ocurrido a muchos hoy en día.

¿Lo extraño?, parecerá raro pero no, siempre me ocupé por la escuela, por trabajos que debía entregar en cada una de mis etapas y ahora en mi trabajo, pues la familia a pesar de estar siempre presente, nunca me terminó de conquistar, inclusive varias veces llegué a sentirme incómodo en presencia de otros… Simplemente no lo sé, supongo que desde luego, tuvimos ideales diferentes, razones opuestas y mucho muy contrarias intenciones unos de otros… más a él lo amaba.

Supongo que tuvo que haber sido a los ochenta años, ya tenía una edad avanzada y con un color pálido en su piel, como asemejando el color aperlado de algunos muebles en la casa pero con ligeras pinceladas de carmín, casi como si una nube de polvo le hubiera espolvoreado aleatoriamente los pigmentos sobre su cuerpo.

Hace tiempo que ya no lo veo, es difícil pensar en visitar un puñado de tierra con plataformas verticales de cemento encima sin querer conocer la magia más, que quede claro…. No lo extraño.

Debí tener catorce años cuando tropecé con él por primera vez, lucía como un joven misterioso y de pocas palabras, testarudo en cada una de las discusiones en las que participaba y seguramente hubo apenas una que lo venció, y cuyo nombre resonaba en su mente una y otra vez sin razón; “Rosita”.

Claro que no le mencioné nada, él se acercó hacia mi y hablamos de una especie de máquina con la que trabajaba, más en algún punto de la conversación acepté una invitación a una cena aquella noche y nunca recordé en qué momento acordé con mi padre llegar poco antes de las ocho hasta que me ofreció llevarme a casa…

Te maldigo.

Te aprecio.

Te solicito.

Propiedad

Josué Vergara Alarcón, noviembre de 2019

Fundación S.K.Y., A.C.

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